Paraisos Perdidos 1

Paraisos Perdidos-1

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Libro 1: Inicios.

Capítulo 1: Hallazgos arqueológicos.

Se sentó pesadamente en su silla y apartó el desordenado montón de papeles, buscando el informe que debía acabar para ese día. Su vida era un maldito desastre.

La colérica voz del capitán la sacó de su ensimismamiento. – Teniente. Venga aquí ahora mismo.

Sin poder evitar un resoplido, se levantó y se dirigió al despacho. El capitán era un hombre mayor pero de energía intensa en su mirada. Su rostro parecía ensombrecido y Verónica captó que algo iba mal de inmediato.

– Escúcheme antes de soltarme una bronca, jefe. Aún no estoy plenamente recuperada de todo lo del divorcio, pero no creo que eso afecte a mi rendimiento excesivamente, pese a que últimamente lleve un poco de retraso.

Sin quitar aquella expresión intranquilizante, el superior tendió a la detective un informe. Ella lo miró con extrañeza y abrió la carpeta.

– Dios santo – no pudo evitar murmurar ante lo que vio.

El capitán se le antojaba mucho más viejo ahora. – Escucha Ver. Si esto es cierto y esa secta de locos ha decidido venir a Chicago, vamos a tener un serio problema. Los federales se están haciendo cargo de todo, pero tú eres una detective magnífica y me gustaría que llevases una investigación paralela, tratando de que el menor número de personas se enterase.

Cerró la carpeta y se sentó. – No creo que esté preparada para esto. Los cultos demoniacos y los asesinos en serie no son cosas para mí. No tengo estómago.

Una mano temblorosa se acercó a ella, impidiéndole depositar la carpeta en la mesa. – Escucha chica. En estos años, te he apoyado siempre pese a que todo el mundo decía que tenías demasiada responsabilidad e importancia para tu edad, y por qué no decirlo, sexo. Los federales no quieren que esto trascienda y quieren mantener la noticia en secreto hasta coger al culto, porque temen que si dejan la noticia a la luz pública, los imitadores nos causen aún más problemas. Simplemente te pido que averigües lo que puedas de espaldas a los federales, para que cuando todo salte, cosa que sucederá antes o después, no quiero estar al descubierto. Ya sabes como actúan los federales.

La detective Preston miró fijamente a los ojos, protegidos tras aquellas antiguas gafas, que no podían disimular una intensa preocupación. – Búsquese a otro. Ya le he dicho que no me gustan esos asuntos.

Con un arrebato de furia, el capitán se levantó. – No me obligues a darte la orden de que te ocupes del caso. El resto de agentes tiene lazos, familia, ya sabes. Los federales me matarían si esto trasciende tan rápido. Nadie ha asociado lo que ha sucedido con lo de Los Angeles y de momento, eso es lo que debemos hacer.

Una mirada extraña brilló en los ojos de la mujer. – Sigo sin tragarme que detrás de esto, no haya algo raro. Muy bien jefe. Cogeré esta mierda de trabajo, pero no pienso meterme con los federales. Este sigue siendo mi trabajo.

Se levantó y agarrando la carpeta, se marchó del despacho.

 

**********

Era muy tarde. Caminó temerosa de que alguien todavía estuviese por allí. No quería que nadie la viese, pero tenía que hacer su última despedida. Tras aquella conversación con su amor de los últimos tres años, se iría hacia el sur, quizás a Nueva Orleans. Nada la ataba ya a la ciudad, sino una despedida. Escuchó un ruido y se asustó. Nunca hubiese imaginado cuando decidió venir a Chicago, que acabaría en un cementerio de madrugada, poniendo flores a muerto, que nunca pudo ser completamente suyo. La vida suele tener giros inesperados y el espejo que refleja suele venir hecho pedazos desde que nacemos, aunque algunas personas consiguen un buen pedazo intacto en el que reflejarse y ser felices. Se acercó a la tumba y no pudo evitar verter algunas lágrimas, más de impotencia y frustración que de verdadero amor, aunque comenzaba a pensar que había algo de aquello. Ilusiones rotas, que era arrastradas por el viento hasta lo más alto de los rascacielos, donde se convertirían en recuerdos olvidados para siempre.

Tras unos minutos, que no podría calcular con exactitud, decidió marcharse. Basta de cadenas al pasado. Era el momento de afrontar el presente, por incierto que fuese. Caminó desanimada hacia la salida cuando escuchó una extraña cantinela. Preocupada por si alguien la veía allí, se escondió. Sin embargo, no parecían policías ni curiosos. Una extraña comitiva de individuos ataviados con togas negras y rojas, canturreaba en una lengua que desconocía, mientras caminaban en una especie de procesión hacia el interior del cementerio. Pamela se tapó la boca inconscientemente presa del pánico. Debía ser alguna de esas sectas satánicas de las que se hablaba de vez en cuando. Se decían de ella muchas cosas: que si lavaban el cerebro a sus integrantes, que si hacían rituales paganos llenos de drogas, alcohol y sexo, que si no eran otra cosa que un gran negocio, que si practicaban sacrificios humanos y mucho más. Sin embargo, irradiaban un aura de poder y misterio que despertaba la curiosidad de la mujer.

Una mano la sujetó por detrás en ese momento, tapándole la boca. Presa de la histeria, se agitó y tratar de gritar, pero cuando se vio obligada a girarse, se encontró cara a cara con el guarda al que había sobornado. – Tranquila señorita. No son peligrosos. Me pagan para venir aquí a hacer sus misas negras y no tener problemas. Les expliqué que usted había hecho lo propio y me pidieron que la sacase de aquí.

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Se calmó, aunque su corazón seguía desbocado y la adrenalina la invadía. – Por dios santo. Vaya susto me he llevado. ¿Y dice que no son peligrosos?.

El guarda sonrió, ayudándola a incorporarse. – No. Quizás maten a algún gato callejero o saquen huesos de alguna tumba que ya nadie visita pero de resto, son gente muy seria y tranquila, que quieren romper la tensión de sus vidas o buscan ayuda en el más allá. No soy yo quién para discutírselo, sobretodo en vista de lo que pagan.

Pamela se sacudió la tierra de su ropa, un poco avergonzada por su asustadiza actitud. – Me sorprende. Pensé que estas sectas estaban compuestas por muchachitos adolescentes que buscaban nuevas emociones.

El hombretón le indicó el camino a seguir. – Que va. Aquí la mayoría son gente de negocios y políticos. A veces he visto sus ritos y me he quedado sorprendido. Cuencos de oro y piedras preciosas para la sangre, dagas de plata con incrustaciones de rubíes… No son exactamente unos críos que han escuchado demasiado Heavy Metal.

Pamela estaba asombrada por lo que escuchaba. A ella le fascinaban las ciencias ocultas pero nunca había intentado cosas tan fuertes y no pasaba de la quiromancia y otras artes adivinatorias. Viendo su mirada, el guarda se sonrió. – ¿Le gustaría ver una de las ceremonias?.

– ¿Qué? – murmuró tragando saliva.

Con un ademán, el hombre que había sobornado para poder tener intimidad sin crear un revuelo fatal, le indicó que le siguiera. – Venga por aquí. Yo les he visto muchas veces y no hay peligro ninguno. Ni siquiera sabrán que estamos mirando.

Se quedó parada un momento y después siguió las indicaciones que se le daban.

**********

Isis vio a Horus marcharse y se sentó en el suelo, tratando de meditar acerca del descanso de Rá. Hathor estaba enormemente furiosa y eso nunca era bueno para nadie. La traición a su esposo y los problemas para Egipto eran maquinaciones de aquella presencia malévola que nadie quería o podía aniquilar. Thot era un idiota al sugerir que se mantuviese la lógica razón de la existencia, cuando ya había sido rota en tantas ocasiones. Y ahora los enemigos abundaban por doquier. Todos sus hermanos y hermanas de las otras casas pedían guerra por el control de la humanidad sin respetar el acuerdo de la unión que ella había sugerido junto con Atenea y Hanumán. Pero las bases estaban puestas y la guerra comenzaría de forma sinuosa y astuta como ella gustaba de hacerla.

– Saludos, diosa de la magia – sonó una voz estridente cuan tormenta a su espalda.

Isis se giró como una bestia furiosa al reconocer la voz de su enemigo. – ¡Seth!. ¿Cómo has escapado, malnacido? – susurró con un evidente odio.

El dios con cabeza de bestia se sentó junto a la diosa con una tranquilidad, que nada tenía que ver con la lucha que existía entre ellos. – Cuando realizasteis vuestro plan, carecíais del poder para llevarlo a cabo, así que pedisteis ayuda a los dioses salvajes, de la zona mesopotámica. Ellos os lo dieron a cambio de un pedazo de tu alma – dijo con calma.

La deidad miró al asesino de su marido con cierta preocupación. Nadie sabía nada de su plan, salvo los dos que la habían ayudado y aquellos dioses que no se llevaban a bien con nadie y que les habían dado su apoyo, seguros de que les beneficiaría.

– Eso no explica cómo te has liberado de tu encierro – susurró amenazante.

Seth hizo un gesto conciliador. – No seas así conmigo, Isis. He cambiado. No tienes por qué odiarme. He madurado mucho durante mi exilio y por eso he podido salir de él. Los mismos dioses que os ayudaron, me ofrecieron la oportunidad de redimirme de mis faltas pasadas, ayudándoos en esta difícil empresa.

La diosa lanzó una mirada de odio y el brillo de la magia apareció en sus manos. – ¡¿Cómo se han atrevido?!. Eres un asesino. Una escoria que nos ofende.

Reconociendo la magia, Seth se movió a gran velocidad y sujetó a la esposa de su hermano por ambos brazos, consiguiendo que los letales rayos no le alcanzasen y la tendió en el suelo, quedándose él encima. – Escúchame Isis. No puedo remediar lo que hice y ese dolor me devora día a día, hasta el extremo que deseo morir, pero nunca superaré el juicio de Thot si no hago algo para enmendar mi culpa. Ayúdame a morir como arrepentido, aunque sea en memoria de mi hermano.

La diosa no podía creer lo que oía. Seth parecía verdaderamente arrepentido. Trató de zafarse mas no pudo. Él era una deidad guerrera y ella no era rival para él físicamente, aunque su magia le daba una cierta ventaja. El dios parecía débil y afligido.

– Escúchame Isis. Yo siempre te quise y es por eso que acabé con la vida de Osiris. En aquellos días, la ponzoña de la envidia me corroía y el destino reservado para él junto contigo, me hicieron cometer aquella locura. Loco de ira, al saber que mis planes nunca darían su fruto, seguí atentando contra la vida de Horus. Ahora estoy libre de todo menos de culpa. Quiero que seas mi ejecutora, que tu hijo arranque mi corazón y que se lo ofrezca a Osiris. Pero no me niegues la oportunidad de superar el juicio del Sabio si es que llego a él. Incluso he pensado que Osiris podría ocupar mi cuerpo y volver a la vida. De ser así, lo aceptaré aunque no pueda atravesar Las Puertas como debería – finalizó, casi con agonía.

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