¿Un Día Cualquiera

¿Un Día Cualquiera?

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En la oscuridad…

Era un día tranquilo como todos los días de aquel segundo mes de clase, como siempre había salido de casa, entrado en el autobús tras unos minutos sentado leyendo el diario y llegado a la Universidad. Como cada día se sentó en la entrada para finalizar las noticias deportivas y dar tiempo a que ella apareciera.

Sí, no se equivocó. Como siempre, cinco minutos antes de que empezara la primera clase, aparecía ella, Luna, la más hermosa de todas las chicas del campus. Y como siempre, a pesar de llegar justa de tiempo no parecía nerviosa, ni se apresuraba, mantenía su hermoso cuerpo delgado y estilizado, erguido y con un paso seguro. Desde que la vio no pudo dejar de contemplar su belleza. La fuerza de su caminar, su media melena rubia, sus ojos verdes de forma almendrada, sus largas piernas y, por supuesto, lo que más miraba, sus dos pechos redondeados y firmes que se movían grácilmente con cada paso que daba.

Aquel día vestía especialmente provocativa, falda por encima de la rodilla, botines con calcetines finos, una camisa abierta a la altura del escote. Sí, recordaba el último día que llevó una camisa similar. Ella se había sentado un asiento por delante de él, y uno a la izquierda, sus ojos no podían dejar de mirar aquel escote, dos curvas firmes y redondeadas que convergían en un vértice que parecía decir “mírame” y como si ella hubiera podido leer su mente, se desabrochó aquel botón, dejando entrever el borde del sujetador que abrazaba tan delicioso espectáculo.

No quiso creerlo, pero le pareció que en aquel preciso instante ella lo miraba. Seguro que fue más un deseo que realidad. Rápidamente volvió a cerrarlo, pero lo cierto es que aquella hora de clase no había existido, en sus papeles tan sólo aparecían rayas ininteligibles y en su memoria solo encontraba los pechos de Luna.

Se quedo embobado disfrutando el movimiento de sus nalgas con cada paso hasta que se perdió de vista y entonces… A CORRER, tarde de nuevo.

La clase ya había comenzado, luces apagadas, voz monótona del profesor. Lo mejor era sentarse en la última fila, por desgracia hoy no vería aquel maravilloso escote.

“Disculpa, ¿ha dicho algo interesante?”

Un balbuceante “no,” surgió como única respuesta de sus labios.

“Pues me siento aquí.” No era posible, Luna sentada a su lado, sus ojos saltaron de las piernas al busto, se sonrojó, si le veía.

No, no podría soportarlo, lo mejor sería cerrar los ojos y no pensar. Aquello fue aún peor, su mente se desbocó, sí ella se acercaba a él, se sentaba sobre sus piernas y mientras abrazaba sus pechos, ella empezaba a frotar sus nalgas contra su pene, que empezó a endurecerse, más y más…

”No crees que sería mejor que esto se pusiera duro de otra manera”. Escuchó esta maravillosa frase al tiempo que una mano rozaba su entrepierna, abrió los ojos y vio la sonrisa de Luna frente a su cara. “¿Creías que no te veía, todos estos días? Si sigues en silencio entenderé un sí.”

Rápidamente, bajó la cremallera y su mano liberó aquel miembro erguido y duro, acariciándolo con suavidad con toda la mano, al tiempo que se acercaba más y más para acabar arrodillándose entre sus piernas, mientras se abría más el escote y con el pulgar humedecido con su tibia saliva frotaba la punta de su glande haciéndole ahogar unos terribles gritos de placer, al tiempo que sus carnosos labios comenzaban a besar y succionar sus testículos para luego ir repasando toda su verga con la punta de su lengua hasta llegar al glande y sustituyendo su pulgar por ella, caliente y húmeda, dando latigazos que avisaban que pronto tendría más.

Su respiración se aceleraba, se dejó caer en el asiento, resbalando, agarrando la cabeza de Luna con fuerza, mientras que su otra mano buscó el pecho izquierdo y lo apretó bajo el sostén. Como respuesta ella colocó toda la verga en su boca, la paladeó y mientras movía su lengua, sus labios y su mano derecha la estrangulaban, sin olvidarse de ella misma acariciando su propio sexo con la izquierda. Ahora su mano se movía arriba y abajo, al ritmo de su boca, más deprisa, más y más, para bajar la velocidad coincidiendo con una fuerte succión y una mano rápida que apretaba la raíz del pene y los testículos al mismo tiempo, para rápidamente volver a mover toda la polla que crecía y crecía en su boca y que ella no dejaba descargar.

Pues en cada momento que parecía acelerarse ella apretaba el glande con dos dedos y lo presionaba con la punta de la lengua provocando un leve y placentero dolor que frenaba la eyaculación haciendo que él suplicara el fin de tan magnífica mamada. Pero esta vez dejó su mano en el cuerpo del pene apretándolo con fuerza y empujando hacía abajo, así como su boca llegando a introducirlo entero, tanto que él notaba el calor del aire que fluía por su garganta tan bien como esos labios húmedos que le hacían crecer y crecer y crecer, hasta que notó como su verga empezaba a vibrar en la boca de Luna y como su leche empezaba a fluir, como ella apretaba en ese momento sus labios y sus dedos alrededor de su pene erecto y caliente para no desperdiciar gota introduciéndola hasta el fondo de su boca.

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Nalgadas

No quería, no debía, pero con su mano derecha agarró la cabeza de Luna y la apretó contra su cuerpo no dejando que se despegara de él mientras su miembro seguía regando su garganta y su izquierda apretaba aquel pecho con un pezón tan duro como su polla. Aunque notaba que su pene estaba completamente vacío, seguía perfectamente erecto, como si quisiera saludar a aquella lengua que seguía lamiéndolo de arriba abajo para no desperdiciar ni gota, succionando y lamiendo continuamente, manteniéndolo tan duro que pensaba que podría volver a empezar en breve. Pero no podía ser tan egoísta, ella estaba con su mano entre sus piernas húmeda y caliente, no podía dejarla así.

La cogió por las axilas ayudándola a sentarse, “¿ya has tenido suficiente? Pensaba que aguantarías más.” Al tiempo que su ojo se cerraba en un pícaro guiño.

Sus manos se dirigieron con ferocidad hacia sus pechos besando el cuello, para seguir hacia sus pechos y haciendo que su mano bajara al pubis de Luna. “Ahora me toca a mí.”

No sabía que le excitaba más, si el estar con la chica que tanto había deseado o la situación; era consciente que en cualquier momento podía finalizar la clase y encenderse la luz, pero deseaba meterse entre sus piernas con la cabeza escondida por aquella faldita un tanto arremangada, comiéndose aquel coñito jugoso y caliente deseoso de llegar a un orgasmo. Con un poco de suerte el profesor se entusiasmaría tanto con la explicación que no haría descanso y el podría lamer y lamer.

Mientras acariciaba el abdomen de Luna, pasó otra mano por debajo de la camisa, acariciando sus pechos y pellizcando sus pezones, al mismo tiempo se agacho y comenzó a besar las rodillas, alternando los besos con golpes de lengua y mordiscos fue acercándose a los muslos, pero en el momento que ella dio un espasmo con sus caderas dirigió sus caricias hacia la pierna, llevando su mano a la entrepierna para confirmar que ella no dejaría de desear sus juegos.

Su índice acariciaba los labios mayores con suavidad y sus labios volvían a estar nuevamente en la rodilla. Ahora se acercaría más y más hacia aquella cueva que formaba la falda, su cabeza estaría protegida de cualquier distracción entre aquellas dos piernas que iban acercándose más entre sí dejando el espacio justa para que él se acercara lentamente, lamiendo la cara interna de sus muslos, ahora su pulgar acariciaba el clítoris con movimientos circulares.

Su boca estaba rozando el labio mayor derecho, lamiéndolo, besándolo, humedeciéndolo aún más. Noto como dos manos se aferraban a su cabeza empujándolo hacía el lugar al que debía ir. Llevó sus manos a las nalgas apretándolas y colocando aquel cuerpo aún más cerca de su boca. Notaba el calor que fluía de aquel sexo húmedo, dulce, jugoso y comenzó a besarlo, primero con los labios apretados, besos delicados en un labio, en el contrario, subiendo al clítoris pero casi sin rozarlo. Luego un poco más fuertes, pero todavía superficiales, notando como ella comenzaba a agitar sus caderas contra su cara al ritmo que él marcaba apretando sus nalgas.

Ella se humedecía más y más. Era el momento de separar los labios mayores y besar la vulva con más pasión, besos húmedos abriendo la boca y apretando aquellos labios carnosos entre los suyos, rozándolos con la lengua dos, tres, cuatro veces, mmmm tan sabroso jugo no podía desperdiciarse. Lamió su raja de abajo a arriba, de arriba abajo, introduciendo la punta de la lengua en su vagina.

Ella lo apretaba más contra su sexo ayudándose de manos y piernas. “Más, sigue así, lento, lento, lento.”

Su lengua disfrutaba con cada movimiento y se introdujo más en su vagina, provocando un golpe de la cadera de Luna, que le sirvió para contener un gemido. Era el momento de dirigir su voracidad a otro lugar, aquel clítoris estaba tan duro que parecía solicitar ser comido. Comenzó con un beso, un golpe de lengua y después sin compasión empezó a chupar y lamer, llevando sus dedos a la vagina y penetrándola.

Notaba como su polla volvía a endurecerse, como crecía y crecía, pero ella debió percatarse, pues en ese momento su pie empezó a acariciar y golpear la entrepierna, se había sacado el botín y sus dedos acariciaron el pene conectado a aquella lengua que tanto placer le estaba dando. Y como si de un interruptor se tratara, la lengua empezó a moverse más deprisa, moviéndose de clítoris a vulva, de vulva a vagina, intercambiando su posición con dos dedos que ahora acariciaban y frotaban el clítoris, que ahora penetraban la vagina haciendo un giro y acariciándola desde dentro.

La cadera se movía más deprisa, el pie apretaba con fuerza el glande, la lengua golpeaba y lamía a más velocidad y los dedos no dejaban de entrar y salir. Más, más, más fuerte; más, más, más rápido. Hasta que aquella jugosa fruta dio todo su jugo a aquella boca que tanta hambre tenía, al tiempo que con un espasmo la verga respondía a las caricias y prensiones de aquel pie dejando ir nuevamente su leche.

Pudieron volver a sentarse, relajados a pesar de no entender nada de las últimas diapositivas.

Realmente aquel no era un día cualquiera… y aún no había terminado.

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