Principales reacciones psicologicas tras una violacion

Principales reacciones psicológicas tras una violación

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Tras vivir una experiencia tan traumática como una violación, la víctima suele experimentar distintas reacciones psicológicas durante los primeros días. Por ello, es necesario que busque apoyo en familiares y amigos que la amen incondicionalmente y que no la culpen – de manera directa o solapada – por haber sido blanco de la agresión sexual.

Aunque la víctima no haya sufrido daños físicos graves, la agresión contra la integridad psicológica genera un gran impacto emocional en la persona. Las reacciones psicológicas que aparecen son un mecanismo de la mente para defenderse de la agresión y recobrar nuevamente su equilibrio. En esta etapa, lo más recomendable es que la persona busque ayuda profesional para superar los efectos traumáticos de la violación, de manera que pueda recuperar fuerza y balance interior para continuar sin secuelas con su día a día, especialmente en el área familiar y laboral.

Las siguientes son algunas de las principales reacciones psicológicas que se suelen experimentar tras una violación:

Sensación de irrealidad

Una manera de defenderse contra la agresión sufrida es negar que ocurrió. Por ello, la mente crea la sensación de irrealidad. Entonces la persona siente que lo sucedido no ocurrió realmente o bien puede sentirse desconectada de sus emociones y no sentir nada. Algunos de los pensamientos que pueden surgir son: “Esto no me está pasando”… “¿Sucedió realmente o me lo imaginé?”… “¿Por qué no puedo llorar, por qué siento como si esto no fuera verdad?”. Es necesario darse el permiso para pedir ayuda y apoyo de los seres queridos, ya que en este momento lo más conveniente es estar rodeada de amor y tranquilidad.

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Retraerse y evitar la realidad

Durante los primeros días la persona puede también retraerse, aislarse y no contarle a nadie lo sucedido. Como es muy duro aceptar que se fue víctima de un hecho tan doloroso y violento para la integridad personal, la víctima puede recurrir a continuar con su vida normal como si nada hubiese sucedido, creyendo que así podrá superar el trauma. En este caso, se suele rechazar la ayuda profesional. En cierta forma, es como si la persona se diese un respiro después de lo sucedido, pero los efectos no suelen durar mucho tiempo y, más tarde, los efectos negativos de la agresión sexual saldrán a la superficie y afectarán nuevamente a la persona y con mayor intensidad. En ese momento, es necesario que la persona recurra a un psicoterapeuta o consejero profesional.

Miedo y ansiedad

El temor, la ansiedad y el pánico se pueden apoderar de la víctima. Pensamientos asociados a estas emociones se suelen repetir constantemente en la mente: “Tengo miedo de que regrese el violador”, “Vivo en constante estado de pánico, no puedo estar sola/o”, “Siento que voy a morir”, “Tengo ataques de ansiedad, no puedo respirar”, “Estoy constantemente asustada/o. El miedo y la ansiedad pueden experimentarse también ante situaciones o estímulos que recuerden la experiencia traumática. Por ejemplo, personas, lugares y olores parecidos pueden revivir las sensaciones y el trauma vivido y hacer que reaparezca una intensa sensación de temor. La persona puede además encontrarse en un estado de hipersensibilidad tal, que incluso estímulos positivos o neutros, puedan desencadenar profundos estados de pánico y ansiedad. Por todo ello, son necesarios la comprensión, apoyo y amor de los seres queridos durante estos duros momentos iniciales.

Vivir en estado de permanente alerta

El temor genera un estado de permanente alerta en la víctima de una violación. Esto sucede porque el mecanismo de autoprotección del organismo se activa y permanece así, para defenderse en caso que el peligro volviera a ocurrir en cualquier momento. La persona en constante alerta puede sobresaltarse con facilidad, sentir impaciencia, irritación e intranquilidad, tener dificultades para dormir y concentrarse, y suele experimentar temores continuos, aún estando acompañada o en lugares seguros. El cuerpo está tenso, con temblores, taquicardia, sudoración o sensación de falta de aire. La persona se puede sentir agotada por el continuo desgaste que produce la alerta constante, aunque el peligro real haya pasado.

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