Veneno en el Alcazar Un Relato Corto de Dark Romance por Salty Vixen

Veneno en el Alcázar: Un Relato Corto de Dark Romance por Salty Vixen

📖 11 mins read

La luz de las velas temblaba sobre el mármol frío de la cámara privada. El aire pesaba a azahar, incienso denso y algo más oscuro, como sangre vieja escondida bajo seda. Itimad no respiraba. Desde la penumbra junto a la columna de alabastro, observaba cómo Ziyad, el Príncipe Espía de Sevilla, alzaba la copa de plata. El vino rojo brillaba. Ella misma lo había preparado horas antes: adormidera, un poco de beleño, la dosis exacta para que el corazón se ralentizara y los músculos se volvieran traidores. Una muerte lenta, elegante, digna de un hombre que nunca dormía del todo.

Él giró la cabeza. En el espejo de plata bruñida que colgaba frente a él, sus ojos la encontraron. No hubo sorpresa. Solo una sonrisa fría, casi perezosa, que no llegó a tocarle la boca.

—Ven —dijo en voz baja.

Itimad no se movió. El puñal escondido bajo la túnica de criada le quemaba la piel de la cadera. Ziyad levantó la copa un poco más, como ofreciéndosela al reflejo de ella.

—Bébela tú.

La voz era suave, pero el acero debajo no admitía negativa. Dio un paso. Luego otro. El mármol helado bajo sus pies descalzos contrastaba con el calor que le subía por el cuello. Él no apartó la mirada del espejo. Cuando ella estuvo lo bastante cerca, le puso la copa en los labios. El metal frío. El vino amargo, dulce, traicionero.

—Traga —ordenó.

Lo hizo. El líquido bajó ardiendo. Él esperó, observando cada parpadeo, cada temblor de pestaña. La sonrisa se ensanchó apenas.

—Sabía que eras tú desde el tercer día. La forma en que miras las salidas. La forma en que cuentas los guardias sin mover los labios. Preciosa y letal. Qué lástima.

La debilidad llegó como una marea negra. Las rodillas fallaron. Él la sujetó por la cintura antes de que cayera, el cuerpo duro y caliente contra el suyo. El último pensamiento de Itimad fue una maldición silenciosa: su cobertura estaba rota. Y él lo había sabido todo el tiempo.

Despertó con el sabor metálico de la adormidera todavía en la lengua y el frío húmedo de la piedra en la espalda. Estaba recostada en un diván de seda negra, en una cámara subterránea del Alcázar. Las paredes sudaban. El aire olía a tierra mojada, a incienso antiguo y a él. Las muñecas no estaban atadas con hierro, sino con cintas de seda gruesa que le permitían moverse lo justo para sentir la restricción. Suficiente para recordar que era prisionera.

Ziyad estaba sentado frente a ella, en un taburete bajo, tan cerca que las rodillas casi se tocaban. Llevaba solo la túnica interior abierta hasta el pecho. La luz de una sola lámpara de aceite dibujaba los músculos de su cuello y la cicatriz fina que le cruzaba la clavícula.

—Despierta, pequeña serpiente —dijo. La voz era baja, casi íntima—. Quiero oírte hablar antes de decidir qué hacer contigo.

Itimad movió las muñecas. La seda crujió. Él sonrió, esa misma sonrisa fría del espejo.

—No grites. Aquí abajo nadie te oiría. Y si lo hicieras, solo aceleraría lo inevitable.

Se inclinó. El calor de su aliento le rozó la mejilla. El olor a naranja amarga y a hombre la envolvió.

—¿Quién te envió? ¿Córdoba? ¿Los bereberes del norte? ¿O es personal?

Ella escupió a un lado. Él no se apartó. Con dos dedos le sujetó la mandíbula y la obligó a mirarlo.

—Habla. O te haré hablar de otra forma.

La proximidad era un arma. Cada palabra le rozaba los labios. Cada inhalación le hacía notar el pecho amplio, la fuerza contenida. Itimad odiaba el temblor que le subía por las piernas. Odiaba más aún el calor que se acumulaba entre ellas.

—Vine a matarte —dijo al fin, la voz ronca—. Y lo haré.

Ziyad rio sin sonido. La mano bajó desde la mandíbula hasta el cuello, rodeándolo sin apretar, solo midiendo el pulso acelerado.

—Sabía que eras peligrosa. No sabía que también eras honesta. Me gusta.

El pulgar le rozó la arteria. Luego bajó más, abriendo el escote de la túnica de criada con una lentitud deliberada. El aire frío de la bóveda le golpeó la piel descubierta. Él no miró el pecho. Miró sus ojos.

—Dime por qué. Dime y quizá te deje vivir el tiempo suficiente para que me odies como se debe.

Itimad intentó morderle la mano. Él la evitó con facilidad y le sujetó ambas muñecas por encima de la cabeza, contra el diván. El cuerpo de él se inclinó sobre el suyo. El peso, el calor, el olor. Todo era demasiado cerca.

—Eres mía ahora —susurró contra su boca—. Mientras estés aquí abajo, respiras porque yo lo permito. Te mueves porque yo lo permito. Y si te corro, será porque yo decida que lo mereces.

La frase debería haberla llenado de furia. En cambio, le apretó el vientre con una necesidad sucia, inmediata. Él lo notó. La sonrisa se volvió más oscura.

—Ah. Ahí está. El miedo y la lujuria juntos. Qué combinación más deliciosa.

Bajó la cabeza. Los labios le rozaron el cuello, no con besos, sino con la promesa de dientes. Itimad arqueó la espalda a pesar suyo. Él soltó una de las muñecas solo para deslizar la mano bajo la túnica, subiendo por el muslo interior hasta encontrar el calor húmedo entre sus piernas. Dos dedos la separaron sin prisa, midiendo, explorando.

—Ya estás mojada. Por el hombre al que viniste a matar. Qué puta más perfecta eres.

Itimad soltó un sonido entre gemido y gruñido. Él metió un dedo, luego otro, curvándolos hasta encontrar el punto que le hizo abrir la boca en un jadeo silencioso. El pulgar presionó el clítoris con precisión cruel.

—Dime el nombre de quien te envió y te dejo correrte. No lo digas y te dejo al borde hasta que llores.

Ella movió las caderas contra su mano, buscando más. Él se la negó, retirando los dedos solo para volver a empujarlos más profundo.

—Habla, Itimad.

El nombre en su boca sonó como una posesión. Ella cerró los ojos.

—Nadie… me envió por dinero. Te odio por lo que hiciste en Córdoba. Por mi hermana.

Ziyad se detuvo un segundo. Luego sus dedos se movieron de nuevo, más rápidos, más firmes.

—Tu hermana era una espía. Como tú. Y murió porque era menos lista.

La furia le dio fuerza. Intentó levantarse. Él la empujó de nuevo contra el diván y se colocó entre sus piernas, abriéndolas con las rodillas. Con una mano le sujetó las muñecas, con la otra se liberó de la túnica. La erección pesada y caliente le rozó el muslo interno.

—Mírame —ordenó.

Itimad abrió los ojos. Él entró de un solo empujón, profundo, hasta el fondo. El aire le salió de los pulmones en un grito ahogado. El estiramiento era brutal, perfecto. Él no se movió al principio. Solo se quedó allí, enterrado, dejando que ella sintiera cada pulgada.

—Esto —dijo contra su boca— es lo que pasa cuando intentas matar a un hombre que ya te ha marcado.

Empezó a moverse. Lento al principio, casi deliberado, cada embestida haciendo eco en la cámara de piedra. El sonido húmedo de sus cuerpos, el roce de la seda, la respiración entrecortada de ella. Luego aceleró. La mano libre le bajó hasta el clítoris otra vez, frotando en círculos tight mientras la follaba con fuerza creciente.

Itimad ya no luchaba. Las caderas se levantaban para recibirlo más profundo. Él le mordió el hombro, luego el pecho, succionando un pezón hasta hacerla gemir alto. El nudo en el vientre se apretó, peligroso.

—Córrete en mi polla —ordenó—. Quiero sentir cómo te rompes por el hombre que deberías odiar.

Ella se rompió. El orgasmo la golpeó como una ola negra, contracciones violentas que lo apretaron hasta hacerle soltar un gruñido gutural. Él no se detuvo. La montó a través del clímax, más duro, más profundo, hasta que el placer se volvió casi doloroso. Solo entonces se permitió soltar. Se corrió dentro de ella con un gemido bajo, caliente, llenándola mientras le mordía el labio inferior hasta saborear sangre.

Se quedaron así, unidos, sudados, respirando el mismo aire denso. Ziyad no se retiró de inmediato. Le acarició el pelo húmedo de la frente con una ternura que contrastaba con todo lo anterior.

—Ahora eres doblemente mía —susurró—. La que vino a matarme y la que se corrió en mi polla mientras lo intentaba.

Itimad cerró los ojos. El odio seguía ahí. Pero debajo, más oscuro y más fuerte, había algo peor: hambre.

De pronto, desde arriba, gritos. Choque de acero. Voces que gritaban órdenes en árabe y en romance. El golpe sordo de cuerpos cayendo. Ziyad se tensó al instante. Se retiró de ella, se puso de pie y desató las cintas de seda con movimientos rápidos.

—Golpe de Estado —dijo, la voz ya fría otra vez—. Alguien más quiere mi cabeza esta noche.

Le lanzó un puñal corto, el mango de marfil negro. Itimad lo atrapó al vuelo. Él ya tenía su propia cimitarra desenvainada.

—Si quieres vivir, lucha a mi lado. Si quieres morir, intenta clavármelo por la espalda. Decido rápido.

La puerta de hierro de la bóveda estalló hacia adentro. Tres hombres entraron, caras cubiertas, cuchillos brillando. Itimad no pensó. Se movió. El primer hombre recibió el puñal en la garganta antes de que pudiera gritar. Ziyad cortó al segundo de un solo tajo lateral. El tercero intentó flanquearla; ella giró, le clavó el arma bajo las costillas y lo empujó contra la pared. La sangre caliente le salpicó el brazo.

Salieron de la bóveda juntos, corriendo por el pasillo de mármol iluminado por antorchas. Más hombres. El sonido de espadas, el olor a hierro y miedo. Itimad y Ziyad se movían como si hubieran entrenado toda la vida el uno para el otro: ella baja y rápida, él amplio y letal. Un atacante casi le cortó el cuello a ella; Ziyad le atravesó el pecho desde atrás. Otro intentó apuñalar a Ziyad por el costado; Itimad le abrió la femoral y lo dejó desangrándose en el suelo.

Llegaron al patio interior. El Alcázar ardía en partes. Guardias leales caían. Ziyad la agarró de la muñeca.

—Los aljibes. Ahora.

Bajaron por una escalera estrecha de piedra, el agua negra y fría de las cisternas antiguas reflejando la poca luz. Vadearon hasta la cintura, el frío cortando la piel caliente todavía del sexo y de la pelea. Emergieron por una rejilla oculta entre los naranjos del jardín exterior, junto al Guadalquivir. La luna llena bañaba los árboles. El río olía a limo y a libertad peligrosa.

Dos caballos ya estaban ensillados, listos. Ziyad no preguntó de dónde salían. Simplemente la subió al suyo y montó detrás, el cuerpo todavía duro contra la espalda de ella.

—Al norte —dijo contra su oído—. Hasta que este puto reino se olvide de nosotros. O hasta que tú decidas volver a intentar matarme.

Itimad apretó los muslos contra el animal. El viento de la noche le trajo el olor a azahar y a sangre seca. Detrás de ella, el pecho de Ziyad subía y bajaba, el brazo fuerte rodeándole la cintura como una cadena nueva.

—No lo olvides —respondió ella, la voz ronca—. La próxima vez que te mire de esa forma, puede que el veneno sea real.

Él rio bajo, oscuro, y le mordió el lóbulo de la oreja.

—Entonces asegúrate de que me folles antes de que se me acabe el aliento.

Cabalgaron hacia el norte, dos sombras entre los naranjos, el río a un lado y el Alcázar en llamas a sus espaldas. La obsesión los seguía como un segundo corazón: oscura, hambrienta, imposible de matar.

Tip Salty Vixen