“Quiero verte disfrutar…” Me dijo en voz de mando, exigiendo.
Me puse neurótica al instante, pues a pesar de ser amantes por mucho tiempo nunca lo había dejado verme a luz directa. Siempre había respetado mis deseos, pero ahora pude escuchar en su voz algo muy diferente… esta vez yo no tendría palabra, mis limites no serían respetados, sería mi primer acto como sumisa y el que marcaría el resto de mi vida.
“¿No me escuchaste? Quiero verte disfrutar.”
Nerviosamente me recosté sobre la cama que tantas veces habíamos compartido, solo que esta vez la luz estaba encendida, dándome absolutamente nada de privacidad.
“Espera, tengo algo para ti.”
Me quede tiesa, esperando su regreso. Mis manos sudaban y mi estómago era un nudo, no sabía si podía seguir adelante con su petición. Odiaba mi cuerpo, mi piel tan pálida casi transparente, llena de pecas; las mismas que me habían hecho el blanco de muchas bromas crueles en mi niñez. Sin mencionar las horrendas estrías que cubrían mis muslos, mis glúteos y el área de mi estómago. En mi adolescencia fui obesa, pues mi autoestima estaba por los suelos y usualmente comía para sentirme bien.
Tanto tiempo había pasado desde la última vez que alguien se burló de mí abiertamente, y aunque mi apariencia física había cambiado bastante, por dentro aún era la misma chica insegura e incapaz de sentirse amada. Aproveche la ausencia de mi amado para ir al baño y mirarme en el espejo de piso, habíamos ido a cenar esta noche y aun vestía un pantalón negro ajustado al cuerpo, acompañado de una blusa de encaje blanca. No me veía tan mal. Mi pelo castaño claro estaba recogido en una cola de caballo despeinada, mi copete un poco largo cubría más de la mitad de mis ojos cansados.
“¿Dónde te has metido corazón?”
Tu voz me saca de mi sueño y salgo apresurada del baño. Te encuentro en la entrada del cuarto con una bolsa de “Victoria’s Secret,” en la mano.
“Toma, ponte esto.”
Ordenas de nuevo, tu voz es ruda pero a la vez tierna, una mescla nunca antes vista en ti. Con miedo y un poco de pereza tomo la bolsa en mis manos y me dirijo de nuevo al baño. El contenido de la bolsa me agrada, pero no imagino que se pueda ver bien en mí; es un babydoll negro, con encaje rosa fucsia. En realidad muy bonito. Es sencillo, quizás porque sabes que nunca he usado algo así y no querías asustarme, es solo un camisón y una tanga, pero como mencione, muy hermoso y sensual. Deslizo lentamente mi ropa hasta el piso y en un instante estoy lista para ti. De nuevo me deslizo sobre la cama, esta vez con un poco más de confianza. Lentamente deslizo mi mano por debajo de la tela transparente del babydoll y pronto se pierde entre las colinas de mi sexo.
“Dime lo que sientes, quiero escuchar detalles…”
Cerré mis ojos antes de hablar: “Voy a empezar acariciando mi clítoris de esta manera.”
Mis piernas permanecían cerradas hasta este punto, pero no puedo negar que un tipo de energía positiva recorría mi cuerpo y mis inhibiciones se fueron derramando junto conmigo. Él estaba sentado en una silla justo al final de la cama, completamente relajado, examinando mis movimientos con intensidad. Estudio mi cuerpo, la localidad de mis manos y la forma tan sensual en que me liberaba sexualmente. Vio como mi respiración se aceleró al tiempo que mis piernas se separaron para dejarlo ver por primera vez mi sexo húmedo y palpitante.
Con agilidad recién descubierta deslice mis dedos en los hilos de la tanga para después quedar completamente expuesta ante sus ojos devoradores. Continúe explorando mi montículo, y con mi mano libre libere mis pechos exponiéndolos al aire fresco de la habitación. Mis pezones reaccionaron al instante, endureciéndose a más no poder. Un ligero pujido se escapó de mis labios, enrizando mi piel. Estaba perdiendo por completo la vergüenza.
“Mmmm así mami, déjate llevar. Usa tu manita para distribuir ese juguito rico de tu panochita, así podrás penetrarte más fácilmente. Es más, quiero que te pruebes, ¿alguna vez te has probado?
“No, nunca… es más nunca me he masturbado.” Le confesé.
Una sonrisa incrédula se dibujó en sus labios, “¿bueno que esperas? Moja esos deditos y lámelos, no te vuelvo a decir.”
Esa voz imponente regresaba a su garganta y no puedo negar que me excitaba seguir instrucciones. Sin pensarlo dos veces hundí mis dedos entre mis labios, humectándolos al instante. Después los lleve hasta mis labios, primero lamiendo alrededor de cada uno como queriendo quitarle la azúcar a un buñuelo, para después introducir tres de ellos en mi boca. Me gusto sentirme llena, hasta un poco forzada al intentar llenar mi boca de dedos. Con mi mano libre pellizcaba mis pezones fuertemente, dejándolos adoloridos pero deseosos de más tortura.
“¿En qué piensas?”
Para poder contestar removí mis dedos de mi boca y los lleve hasta mi valle, tratando en vano de detener la inundación de mi sexo.
“En ti…” Por fin pude contestar. “Te pienso cogiéndome como nunca antes, tu verga castigando mi conchita, penetrándome tan duro y tan profundo que me hagas llorar.”
Mientras le contaba lo que por mi cabecita pasaba mis dedos entraban y salían de mi estrecha apertura. El sorbo constante de mi brutal penetración perturbo su compostura, pude notar en su lenguaje corporal que estaba impaciente. Había tención sexual en el aire y durante varios minutos los únicos sonidos que se escucharon en aquella habitación fueron los de su respiración aguda, mis gemidos ahogados y el jugoso sonido de mi maravillosa masturbación.
“¿Puedo terminar?” Pregunte temblando de placer.
“Si, si, si, termina… ¡YA!”
Tan pronto sus palabras salieron de su boca mi orgasmo no se hizo esperar, sentí como mis cuerpo se convulsionaba violentamente, las olas de placer recorrían cada centímetro de mi ser, salvajes gemidos llenar la habitación, el orgasmo fue tan intenso que hasta deje de respirar por varios segundos.
“Ven aquí, híncate ante tu amo…”
Fueron las palabras que escuche cuando volví en sí, los roles habían cambiado… y aunque nuestra relación no funciono, puedo honestamente decir que este fue el principio de mi vida como sumisa.



