La puerta del apartamento se cerró con un golpe seco. Elena dejó las llaves en el cuenco de cerámica y se quitó los zapatos sin mirar a nadie. Llevaba el pelo recogido en un moño mal hecho, la blusa arrugada y la marca roja del cinturón del bolso en el hombro. Eran las once y cuarto de la noche. El salón olía a café frío y a la madera del suelo recién encerado.
Mateo estaba sentado en el sofá, con los pies descalzos sobre la mesa baja y un libro abierto sobre las rodillas. No levantó la vista de inmediato. Esperó a que ella dejara el bolso, a que suspirara, a que el silencio se estirara lo suficiente.
—Llegas tarde —dijo.
—El metro se retrasó. Y la reunión se alargó.
—Te dije que me avisaras.
Elena se volvió. Tenía veintiocho años, la misma edad que él, nacidos con once meses de diferencia. La gente siempre había dicho que parecían gemelos: el mismo corte de mandíbula, los mismos ojos oscuros, la misma forma de fruncir el ceño cuando algo les irritaba. Vivían juntos desde que su madre se había mudado al pueblo, dos años atrás. Al principio fue práctico. Después dejó de serlo.
—No soy una niña, Mateo.
Él cerró el libro. El sonido de las páginas fue más fuerte de lo necesario.
—Cuando sales y no dices nada, y llegas con esa cara, sí lo pareces. Quítate la blusa.
Ella se quedó quieta. El pulso se le aceleró en la garganta, un latido conocido, vergonzoso, que llevaba meses aprendiendo a no negar. Mateo no gritó. Nunca gritaba. Se levantó, se acercó y le desabrochó el primer botón con los dedos. La tela se abrió. Debajo llevaba un sujetador de algodón gris, nada pensado para nadie.
—Las reglas —dijo él, cerca de su oído—. Las escribiste tú. Las firmaste. Si llegas después de las once sin avisar, te quitas la ropa de la cintura para arriba y te pones sobre mis rodillas. ¿O prefieres que rompamos el papel y hagamos como si no existiera?
Elena negó con la cabeza. El papel estaba en el cajón de su mesilla, doblado en cuatro, con la letra de los dos. Lo habían escrito una noche de vino y de una discusión que había terminado con ella llorando contra su pecho y con la mano de él abierta sobre su nalga, todavía vestida, midiendo el golpe que ninguno de los dos se atrevía a dar. Después vinieron más noches. Después el papel.
Se quitó la blusa. Él la tomó y la dejó en el respaldo de una silla. Le desabrochó el sujetador con una sola mano, práctica, y lo dejó caer. El aire del salón le erizó la piel. Mateo se sentó de nuevo en el sofá, las piernas separadas, y dio una palmada sobre su muslo.
—Aquí.
Ella se tumbó. El peso de su cuerpo sobre las piernas de él era ya un hábito: la cadera contra su muslo, el pecho colgando, las manos apoyadas en la alfombra. Mateo le subió la falda hasta la cintura y le bajó las bragas hasta medio muslo. No las quitó del todo. Le gustaba el elástico tenso contra la piel, el límite.
La primera palmada sonó seca. Elena cerró los ojos. No dolió tanto como calentó. La segunda cayó en el mismo sitio, un poco más fuerte. La tercera abrió la mano y cubrió más carne. Él no hablaba mientras pegaba. Contaba en voz baja, para sí, y ella sentía cada número en la piel.
A la décima ya le ardía. A la quince se le escapó un sonido, corto, que intentó morder. Mateo le puso la mano izquierda en la nuca, no para aplastarla, solo para recordarle que estaba ahí.
—Quieta.
—Estoy quieta.
—No. Estás temblando. Separa más las piernas.
Ella obedeció. El aire le llegó entre los muslos. Sabía que él podía verlo todo: el enrojecimiento que subía, la humedad que empezaba sin permiso. Mateo pasó la palma abierta por la curva caliente, despacio, y luego golpeó más abajo, donde el muslo se une a la nalga. Elena dio un respingo. El sofá crujió.
—Veinte —dijo él—. Y vas a pedirme las diez que faltan.
—Mateo…
—Pídelas.
La voz se le quebró un poco, no de miedo. De la vergüenza precisa de quererlo.
—Dame las diez que faltan.
Él se las dio. Más lentas. Cada una con pausa suficiente para que el ardor se asentara antes del siguiente. Cuando terminó, dejó la mano quieta sobre la piel hinchada. Elena respiraba por la boca. Tenía la mejilla contra el cojín, el pelo suelto ya, y las bragas todavía a medio muslo, ridículas.
—Levántate.
Se incorporó de rodillas entre sus piernas. Él le tomó la cara con las dos manos y la besó. No fue un beso de consuelo. Fue hondo, con dientes, con la lengua empujando hasta que ella se agarró a su camiseta. Mateo le bajó la falda del todo y las bragas, y la dejó desnuda en el salón mientras él seguía vestido. Ese desequilibrio siempre le apretaba el estómago.
—A la cama —dijo—. De rodillas. Manos en la cabecera. No te toques.
El pasillo era corto. Elena caminó delante, sintiendo el aire en la piel recién golpeada, y oyó los pasos de él detrás. En el dormitorio la lámpara de la mesilla estaba encendida. La cama era la de matrimonio que habían comprado juntos, con la excusa de que el sofá cama era incómodo para las visitas. Nadie visitaba.
Se arrodilló. Agarró los barrotes de madera. Mateo abrió el cajón. Ella conocía el sonido de cada objeto: la fusta corta, el plug de acero, las esposas forradas que casi no usaban porque a él le gustaba más sujetarla con las manos. Esa noche sacó la fusta y un frasco de aceite.
—Cadera arriba.
Ella arqueó la espalda. La fusta no golpeó enseguida. Mateo le pasó el cuero por la columna, por la curva de la nalga, por el interior del muslo, hasta que ella empujó hacia atrás sin querer. Entonces cayó el primer latigazo, fino, preciso, cruzando la marca de la mano. Elena apretó los barrotes. El segundo fue paralelo. El tercero más bajo. Contó seis antes de que él dejara la fusta y le abriera las nalgas con los pulgares.
El aceite estaba frío. Él lo vertió sin prisa, lo extendió con dos dedos, y presionó hasta que el músculo cedió. Elena apoyó la frente en el colchón. No era la primera vez. La primera había sido un domingo por la mañana, con la ventana abierta y el ruido de la calle, y ella había llorado de la intensidad, no del daño, mientras él le susurraba que era suya, que siempre lo había sido, desde el cuarto compartido de la infancia hasta esta cama que ya no tenía excusa.
Mateo trabajó con los dedos hasta que ella estuvo abierta y temblando. Luego se desnudó. Ella oyó el cinturón, la cremallera, el peso de la ropa en la silla. Cuando entró en ella no fue por detrás. La giró, la puso de espaldas, le subió las rodillas al pecho y la penetró de frente, hondo, mirándola.
—Ojos abiertos.
Elena los abrió. Él tenía el pelo oscuro cayéndole sobre la frente, la boca entreabierta, la misma cara que veía en el espejo del baño cuando se lavaba los dientes a su lado. Esa semejanza ya no la asustaba. La encendía de una forma que no iba a explicar a nadie.
Él embistió despacio al principio, luego más fuerte, con una mano en su garganta, sin apretar, solo apoyada, y la otra entre sus piernas, dos dedos circulando donde ella más lo necesitaba. El ardor de las nalgas contra la sábana se mezclaba con el placer hasta que ya no podía separar uno del otro. Cuando se corrió, lo hizo con un grito ahogado contra la palma de él, las piernas temblando, el cuerpo apretándolo.
Mateo no se detuvo. Siguió hasta que ella estuvo demasiado sensible, hasta que le pidió que parara y él no paró del todo, solo aflojó, y la obligó a otro orgasmo más pequeño, casi doloroso, antes de correrse dentro. Se quedó encima, pesado, respirando contra su cuello.
—Mañana —dijo, la voz ronca— vas a llegar a tu hora. Y si no, repetimos esto con la fusta desde el principio. ¿Entendido?
—Entendido.
Él le besó la sien. Se levantó, trajo una toalla húmeda, la limpió con cuidado en los sitios que ardían y en los que no. Elena se quedó boca abajo, la mejilla en la almohada, mientras él le pasaba crema por las marcas. Fuera, un coche pasó. En el salón, el libro seguía abierto sobre la mesa.
Por la mañana ella se despertó antes que él. Se miró en el espejo del baño: las nalgas cruzadas de rojo, alguna línea más oscura de la fusta, nada que un vestido no cubriera. Se preparó café. Cuando Mateo entró en la cocina, despeinado, le puso una taza delante sin hablar. Él le levantó el bajo del camisón, miró, y asintió como quien revisa un trabajo bien hecho.
—A las siete —dijo—. Ni un minuto más.
Elena bebió. El café estaba amargo. Sonrió contra el borde de la taza, y el día empezó con el recuerdo de su mano todavía caliente en la piel.
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