El Mejor Viaje ceunta

El Mejor Viaje…

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Éramos un trío: la mar, ella y yo…

Recuerdo esa tarde de mayo como si fuera ayer. Habíamos planeado ese viaje por tanto tiempo, sólo un día para nosotros lejos del ruido y del estrés típico de Santiago.

Valparaíso, la joya del Pacífico, sería nuestro destino.

El día estaba totalmente agradable, ni mucho frío ni mucho calor, especial para que Andrea luciera esa polera roja que tanto me gustaba. Recuerdo que era una simple polera, pero que hacía una sensual combinación con su blanca piel y sus dorados cabellos, se ajustaba perfectamente a su figura y hacía resaltar sus suaves pechos que me volvían loco. Lo mejor, ella sabía perfectamente que me enloquecía.

Caminamos todo el día, almorzamos en la playa, cerca del mar, algunos bocadillos que ella misma preparó. Estaban deliciosos. Luego de guardar lo que había quedado, tiramos una manta sobre la arena y nos acurrucamos juntos para ver el mar. Su aroma me volvía loco, combinaba de manera perfecta un rasgo infantil con la sensualidad de sus 22 años de edad. Sentados en la arena, sólo disfrutamos de la brisa marina, su frío aire fue la mejor excusa para acercarnos y abrazarnos. Era un momento perfecto, las palabras no eran necesarias.

Mis dedos no tardaron en llegar a su espalda cubierta por esa bella polera roja. Su espalda era exquisita, suave, cálida, me prendía a mil por hora al sentir la tela de su sostén el cual siempre quería desatar, pero ella me lo impedía. Se acomodó, se sentó frente a mí dándome la espalda, yo la abrazo por detrás y nos quedamos contemplando la majestuosidad del mar. La playa estaba casi deshabitada, con muy pocas personas, sólo nosotros y uno que otro niño jugando allá a lo lejos. Abrazados en esa posición, mis manos insurrectas invadieron su cintura, su abdomen, con uno de mis dedos recorría su tierno ombligo, mientras sentía cómo ella se acurrucaba más y más en mí.

Mis manos se dirigieron hacia el norte, topándose con esas bellas montañas que eran sus pechos, sus suaves pechos cubiertos por su sostén. Con astucia logre levantar su prenda íntima, sus pezones se rindieron ante mis traviesos dedos, mi lengua penetraba en su oído haciendo de ese momento una enorme escena erótica. Sus suaves pezones, erectos por la excitación fueron recorridos en su total dimensión por mis manos, deseaba morder sus pechos, lamerlos, pero no era el momento aun.

Éramos un perfecto trío: la mar, ella y yo.

Poco a poco, mis manos dejaron esa amable región y se dirigieron hacia el sur, bajaron por su abdomen hasta toparse con la barrera en la que se convirtieron sus pantalones, unos jeans negros ajustados que hacían destacar su bellísimo trasero, grande, suave, que tantas veces no pude evitar morder. Sentados en esa posición en la playa, mis dedos intentaban pasar esa barrera, pero no podía. Hasta que ella misma, desató aquel botón inquisidor y bajó su cremallera para darme acceso libre a su vagina.

Mis dedos no dudaron, sintieron la humedad de su suave conchita en su plenitud. Primero sobre la suavidad que su colaless brindaba, sentía como ese pedacito de tela se humedecía con su miel, con su néctar. Recorría de arriba para abajo sus labios mayores, sentía cómo se retorcía de placer, mientras mis lujuriosos dedos se humedecían. La excitación nos desbordaba, su corazón latía fuerte, su respiración estaba agitada, mi boca no paraba de besar su cuello. Con una de mis manos recorría su húmeda entrepierna, desbordando placer, la otra mano no quería quedarse fuera del juego, así que volvió nuevamente al sur, a seguir con la tarea que en un principio realizó.

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¿Un Día Cualquiera?

Comenzó a acariciar con lujuria y placer sus pechos, sus pezones. Mi otra mano seguía atrapada en su húmeda entrepierna, tocándola por sobre su ropa íntima. Ya podía escuchar sus gemidos de placer ante esta escena. De pronto, fueron sus manos las que tomaron la iniciativa, con un hábil y sensual movimiento interrumpió la posición en la que estábamos. Quedamos en una posición tal, que sus manos quedaban libres para tocarme. Sus suaves y tiernas manos se dirigieron hacia mi duro pene, que no podía pasar disimulado en ese momento. Estaba erecto, duro para ella, estaba entregado al más poderoso placer.

Yo estaba hipnotizado, mis manos seguían recorriendo su vagina; mi mano, por la posición en la que estábamos, acariciaba su espalda, sudada, transpirada. Sus pequeñas manos se dirigían hacia mi entrepierna, su boca besó mis labios con esa sensualidad y bestialidad de mujer excitada hasta el punto máximo. Lo mejor fue cuando metió su mano en mi pantalón, y con sus dedos, empezó a acariciar mi pene, sintió entre sus dedos mi líquido pre-seminal, recorrió su cabeza que estaba a punto de explotar y su erecto cuerpo. No me importaba nada más, sólo éramos los tres, la mar, ella y yo.

Mi excitación estaba en su máxima expresión, intenté hacer lo mismo, dejé de tocar su húmeda vagina por sobre su colaless e intenté penetrarla con mis dedos. Poco a poco hacía a un lado esa pequeña tela, podía sentir su tímido vello totalmente mojado con su deliciosa miel. Todo estaba listo, mis dedos cumplirían perversamente la misión que mi pene había hecho por tanto tiempo, llegar hasta el fondo de su conchita. Rocé con suavidad sus labios mayores, con poca dificultad encontré su clítoris, sin embargo, al momento de penetrarla, ella me detuvo, sacó su mano de mi pene y me detuvo.

Se acercó a mi oído y con su sensual voz me dijo, “es hora de irnos, nuestro bus de retorno a casa sale en 30 minutos.”

Naturalmente no pude ocultar mi frustración, sin embargo ella tenía razón, debíamos retirarnos de esa playa o no llegábamos al terminal de bus para volver a Santiago. Ya era muy tarde, se nos pasó volando este día. Saqué mis manos de su entrepierna, lamí de mis dedos la miel que había quedado en ella, mientras ella arreglaba su ropa y yo la mía.

Al retirarnos, la abracé fuertemente y la besé en los labios. Ella con su voz angelical se acerca a mi oído derecho y me dijo: “No pongas esa cara, cariño mío, estuvo delicioso. Te has ganado una exquisita sorpresa para cuando lleguemos al bus.”

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