Paraisos Perdidos 7

Paraisos Perdidos-7

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Maldito seas, dios de la estirpe del Nilo. Pagarás tu osadía por venir aquí a insultarme – alzó la voz mientras todo el lugar temblaba presa de su cólera.

Seth se incorporó un tanto sorprendido por el poder de aquella deidad griega, pero su cuerpo era muy resistente y no había sufrido daño alguno.

Escuchadme señora del poder. No soy yo quien os ofende sino vuestro esposo. Os estoy ofreciendo la oportunidad de acabar con él y reclamar su poder. Cuando acabéis con él y tengáis toda su energía, se acabarán las burlas y os podréis vengar de todos aquellos que han hecho bromas a vuestra espalda o se han reído de vuestro pesar. Ya habéis soportado por mucho tiempo tales humillaciones. Es hora de la venganza – dijo con premura mientras aliviado, observaba que la cólera, se desdibujaba en el rostro femenino.

Habla. ¿Qué ganas tú y tus aliados en todo esto? – preguntó sin relajarse lo suficiente.

La guerra nos agrada tan poco como a vos. Si nuestro plan sale bien, todos los panteones más poderoso estarían dirigidos por nuestra gente. Dejaríamos la guerra producirse y cuando los bandos estuviesen mermados, emergeríamos como verdaderos vencedores. Cada uno cogería a los dioses que quedasen de su panteón como fieles esclavos, empleando la magia absorbida durante la guerra y nos repartiríamos a los derrotados. Luego estableceríamos un gobierno conjunto, aunque con total autonomía del dominio de cada uno y venceríamos a los rebeldes que quedasen. Después, estableceríamos nuestra religión entre los mortales – aseguró, acercándose con un gesto tranquilizador.

Ella estaba sorprendida. Aquel ofrecimiento era algo impensable. Simplemente no podía ocurrir, pero tenía un fondo de aplastante lógica y conjura que lo hacía parecer posible.

Dime. ¿Cómo conseguiría acabar con Zeus? – dijo con una fría serenidad, que pareció capaz includo de helar sus propias palabras.

Seth hizo un gesto de satisfacción. Por un momento había temido que su estrategia no funcionase. Si aquello hubiese fallado, todo el plan se hubiese venido abajo.

Es muy sencillo. Vuestro poder no puede igualar al de Zeus, eso es cierto. Pero yo y mis aliados estamos dispuestos a cederos todo nuestro poder por unas horas, suficientes para que acabéis con él, aprovechando que esté distraído. Tomaremos medidas para que nuestro poder nos sea devuelto como comprenderéis. Una vez lo hayáis matado, deberéis cambiar vuestra apariencia para ser como él, aunque entendemos lo doloroso que puede ser, ya que es fundamental que ningún otro dios sospeche lo que sucede. Con su cuerpo, en el momento de la guerra absorberéis el poder de todos los dioses y entonces, nuestro plan habrá concluido. Vos y las otras cuatro deidades que participaremos en este plan, seremos los verdaderos amos de la Existencia – parlamentó con seguridad el amo de los desiertos.

El dios bestia miró fijamente a la diosa, que ponderaba cuidadosamente sus opciones. No quiso decir nada más. Si parecía demasiado ansioso sospecharía.

 

Ella bajó la cabeza, mirando al suelo mientras meditaba. Tras unos segundos, alzó la mirada.

– ¿Por qué me habéis elegido a mí? – interrogó con ciertas dudas.

Seth avanzó y le puso las manos en los hombros.

Al igual que nosotros, sois repudiada por circunstancias que os son ajenas y tenéis un gran poder que nadie respeta. Todos estamos cansados de que las historias de los mortales nos insulten a diario, que los dioses se burlen de nuestras desgracias y sobretodo, todos estamos cansados de ser unos dioses subordinados a un poder inconsciente y ridículamente menos inteligente que nosotros. Desde que trazamos el plan, hemos buscado a todas aquellas deidades que comparten nuestra tragedia y le hemos hecho este ofrecimiento. Podríamos haberlo hecho los dos que planeamos esto, pero no somos tan idiotas como para querer más poder del que podemos manejar y además, sentimos una lógica simpatía por aquellas deidades en nuestra misma situación – exhortó apasionado.

Las poderosas manos del dios guerrero apretaron sus hombros en señal de confianza y apoyo. Realmente, ella sólo sabía de él por las historias que hablaban de cómo había acabado con su hermano por envidia y celos, pero pronto se sintió identificada con aquella situación. En muchas historias, ella era considerada un demonio, que trataba de destruir a los más valientes héroes. Miró a la cabeza monstruosa directamente a los ojos.

– ¿Cuándo lo llevaremos a cabo – preguntó con decisión en su mirada.

Seth la soltó. – Decid que vais a hacer un viaje a visitar a los dioses egipcios y ver si desean rendirse al Olimpo. Todo el mundo pensará que hacéis algo novedoso para llamar la atención. Allí, os infundiremos nuestro poder y a la vuelta, tendréis el tiempo suficiente para acabar con Zeus, ahora que no está ocupado con la guerra. Matadle y haceros pasar por él hasta que empiece la guerra, creando un falso cuerpo que os imite a vos si es necesario. Cuando absorbáis el poder de todos los dioses menores, en el momento de comenzar la guerra, nos reuniremos todos y el momento de los disfraces habrá acabado.

 

**********

La sangre resbaló por el afilado cuchillo a la vez que los cánticos se elevaron. El animal degollado se movió con estertores sin sentido y finalmente murió, mientras el líquido carmesí que escapaba de su cuerpo, era utilizado para trazar un pentagrama sobre la fría piedra. Las figuras cubiertas por túnicas comenzaron a danzar a su alrededor en un círculo irregular, sin detener aquellos cantos en ningún momento, mientras el sumo sacerdote le ofrecía el resultado de la anterior orgía, colocándolo sobre el pequeño pedestal de oro.

Ella lo miró sintiendo un tanto de repugnancia. Aquel cuenco estaba repleto de jugos vaginales y esperma de todos y cada uno de los integrantes de la secta. Hacía unos escasos instantes, ella había llegado a la sala, completamente desnuda para iniciarse en el culto. Durante días había estudiado todos y cada uno de los pasos que debía seguir, aunque algunos pasajes carecían de sentido. Se sintió mal al ver que tenía que realizar un sacrificio, pero se tranquilizó mucho cuando le dijeron que sólo se trataría de un animal. Sin embargo, el desarrollo de la ceremonia era un tanto repugnante. Ella tenía que presentarse desnuda ante toda la secta y masturbarse para ellos, consiguiendo que se excitasen e hiciesen el amor. El fruto de aquel acto, se recogería al completo en un cuenco que se le ofrecería. En el cuenco, ella debía verter la sangre del animal, como compromiso de que las vidas inferiores no significaban nada para ella.

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En aquel momento, debía de masturbarse para el sumo sacerdote que debía hacer lo propio. Tras aquello, ella depositaría el líquido de se deseo en el cuenco junto con el del sumo sacerdote y lo bebería. Finalmente, se le entregaría la túnica y sería un miembro de pleno derecho. Vertió algunas gotas de sangre en el receptáculo, sintiendo asco al ver la mezcla y más al pensar que debía tragarla. Miró al sumo sacerdote. Steven era el único miembro de la secta con el que tenía verdadera confianza y en su presencia, todos la respetaban. Esperaba que al ser miembro de hecho, de aquellos satanistas, todos la mirasen como unas más, pero algo le hacía dudarlo. Tampoco le importaba mucho. En un par de semanas, se había hecho con una gran fortuna y varias empresas dependían de ella. Muchos la miraban ahora con un respeto y temor que antes ni siquiera hubiese soñado. Aquel era un precio ridículo por aquello, aunque sus propios “hermanos” no la aceptasen porque, simplemente, era la putita de uno de sus antiguos miembros. Sonrió al sumo sacerdote que mantuvo su rostro impávido. Casi estuvo a punto de reírse ante aquella expresión serena y calmada. Arqueó sus labios en un gesto de complicidad y paseó sus manos por las caderas hasta llegar a los pechos, que apretó haciendo que se juntasen y luego rodeó, como si de una ofrenda se tratasen.

Quizás Madlin tratase de disimularlo, pero ella veía aquel tono lascivo en sus ojos. Sin duda, sabía como poner cachondo a un hombre y su mentor, por muy sumo sacerdote que fuese, era un hombre. Sus manos dejaron caer suavemente los dos senos pero siguieron acariciándolos, en dirección a los pezones, que pellizcaron.

Una gota de sudor resbaló por la cara del líder del culto sin poder apartar la mirada de aquel insinuante y perfecto cuerpo. Tenía unas ganas horrendas de hacerle el amor y suplicó porque no fuese ella la que estaban buscando, como le había dicho a todos sus creyentes. La miró. Ella agarraba en ese momento una de tetas y se la acercaba a la boca, lamiéndola con una mirada cargada de deseo. Sabía que lo estaba poniendo a cien y disfrutaba con ello.

Ella vio la gran erección y paseó la lengua por los labios, acercándose a él. Una mirada poco convencida pero severa le indicó que no se saliese del ritual. Se detuvo. Sabía que el contacto físico en la iniciación estaba prohibido, aunque tras la orgía que acababa de presenciar, tenía ganas de sexo de verdad, ya que la masturbación no parecía colmarla. Daba igual. Ya tendría tiempo. Se sentó en el suelo ocultando su cuerpo tras sus rodillas. El pene erecto se veía claramente bajo la túnica, mientras el coro de danzarines que los rodeaba elevó sus salmos hasta hacerlos ensordecedores, avivados por el eco de aquella caverna. Ella abrió las piernas lentamente, dejando ver su sexo, mientras recostaba su cuerpo y una mano acariciaba los sonrosados labios.

Incapaz de aguantar más, Steven retiró su toga y agarrando su polla, comenzó a masturbarse salvajemente, sin dejar de mirar ni por un segundo a Pamela.

Ella al ver esto, elevó sus piernas apoyándose sobre sus pies e introdujo dos dedos en la abertura, de la que escapaba líquido sin cesar, mientras gritó, deslizando su dedo gordo entre los labios y acariciándolo con la lengua.

El coro rebajó sus cantos y comentaron a repetir el nombre de Satán de forma rítmica. La tensión entre los dos individuos dentro del círculo humano casi se podía palpar.

Él se sacudió y se acercó al cuenco, haciendo más rápidos los movimientos de su mano, hasta que eyaculó en el interior.

 

Mientras tanto, ella aceleraba sus movimientos viendo aquello y contoneaba su cadera. Sintiendo el orgasmo, cerró los ojos y aceleró la entrada y salida de su dedos, hasta que llegó al clímax, en medio de gemidos. Cuando acabó, respiraba pesadamente y sudaba presa del calor interno y del cargado ambiente de la caverna. Sacó de su interior los dos dedos empapados y los introdujo en el cuenco, revolviendo la mezcla. Suspiró y haciendo un gesto de asco, elevó el cuenco y dejó que aquel mejunje bajase por su garganta, tratando de tragar lo más rápido posible, para que el sabor no la hiciese vomitar. Curiosamente, no sufrió náuseas y tragó aquella mezcla salada hasta no dejar nada. Depositó el cuenco en el pedestal y elevó la mirada. Como se suponía que debía pasar, todos los sectarios estaban arrodillados mirando al suelo, ya que según el rito, el propio Satán podía venir a conocer en persona a su nuevo adepto si estaba satisfecho con él y se disgustaba si patéticos mortales lo miraban. Sólo el sumo sacerdote tenía permiso para mirar. Ella sonrió pero vio que en sus ojos se reflejaba un agónico miedo, en lugar de satisfacción o alegría. Intuitivamente, se giró y lo vio.

Tras ella, un demonio monstruoso de pelaje rojizo, rostro bestial con colmillos y cuernos, más de dos metros de altura y espaldas como las de tres hombres, la miraba. Sostenía una lanza de dos puntas en su brazo izquierdo y una toga roja en su derecha. Sus ojos hervían con el fuego del infierno y sus músculos eran grandes como balones.

Ella quiso dar un paso hacia atrás pero no pudo. – ¿Amo? – susurró indecisa.

Al conseguir hablar, sintió la confianza volver y se arrodilló, bajando la cabeza, aunque pronto la subió para mirar a los ojos a su amo. Su corazón latía salvaje. Estaba muerta de miedo, pero aquella criatura emanaba verdadero poder. Su cuerpo, que le había horrorizado, se le antojó perfecto y se imaginó el enorme falo escondido tras una mata de pelaje bermellón que caía entre sus muslos. Los ojos amarillos la observaron y le tendieron la toga roja. Ella la cogió y se incorporó para ponérsela. La criatura comenzó a desvanecerse, pero no perdió detalle del cuerpo. Pamela captó con asombro aquella reacción. El demonio la estaba mirando con deseo. Todo se acabó. Con la toga puesta se giró.

Steven se le acercó con la mirada desorbitada. – Al fin te hemos encontrado.

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